EL FUEGO DE LA TIERRA

De la oscuridad brotaban los resoplidos de lo que se podía suponer un animal de gran envergadura. Se movía con rapidez en la oscuridad, escuchando solo su galope seco. Finalmente la sombra tomó forma y la luz dejó expuestos dos puñales que quemaban el viento, seguidos de unos ojos inyectados en sangre y un pelo rojo que ardía. Avanzó con el temperamento propio de su casta, respondía al nombre de “Murciana”-51 y llevaba por divisa los colores del fuego. Murió matando, la condecoración más alta de la casta y el precio más caro que se cobra la arena.

Con la noche cernida sobre nuestras espalda poníamos rumbo al Prao de la Muerta, finca custodiada por las pupilas de la familia Antón. El viento cortaba la piel y el cielo era una bóveda negra que absorbía todo a su paso. La luz del coche barría la llanura pero apenas conseguía rasgar un poco de aquella oscuridad, revelando tan solo pequeños fragmentos de aquel terreno aparentemente deshabitado.  La luz topó con una silueta inmóvil, parecía una estatua, sus ojos reflejaban fríamente la luz, no parpadeaba ni retrocedía. Los focos perfilaban su triangular cabeza marcando el vapor que salía de su hocico y la firmeza de sus patas ancladas al suelo. En el retrovisor, su imagen perduró unos segundos antes de que la tragase la misma oscuridad que la había escupido. 

            

                

Alcé la vista y contemplé decenas de ojos, suspendidos en aquella oscuridad como brasas de una lumbre que ni el gélido invierno había sido capaz de apagar. Bajo la piel helada, la tierra fingía reposo, pero cada vez que las vacas hundían sus pezuñas ajustándose al terreno, un crujido áspero se alzaba en medio de la oscuridad. Un sonido que recordaba al crepitar de las llamas, como si el frío no lograra sofocar un fuego arcaico. Comenzaron también los resoplidos cuya procedencia desconocía pero se sentían muy cerca. El coche era una frontera frágil. El eco se extendía por toda la finca, continuábamos vigilando las siluetas inmóviles que se alzaban ante nosotros. La noche lo magnificaba todo, dándole forma al miedo, conservándolo intacto gracias al frío.

El amanecer no irrumpió con fuerza, avanzaba con cautela, casi con recelo, como si dudara de tocar aquella tierra que no le pertenecía. Los primeros rayos de luz tardaron en aparecer como quien no desea enfrentarse a lo que la noche había dejado al descubierto. Dejando a la vista una tierra cuarteada que el frío había vuelto más hostil. La dureza del invierno había cincelado el carácter, afilado la mirada y los músculos, al igual que había labrado el suelo dando como resultado una tierra sin vegetación.

                          

Como siempre, llamó mi atención la número 29, de nombre "Comedianta", cuya expresión de ninguna manera hacía honor a su nombre. Su piel ardía en silencio bajo la luz, como si el fuego hubiese elegido habitar en su pelo. Quedó al descubierto la silueta completa de aquella vaca que acechaba en las sombras. Cada hebra rojiza recordaba a una brasa que el frío de la noche no había conseguido sofocar. Hizo gala de su arrogancia estirándose, su cabeza alta y sus astas apuntaban al cielo como un estandarte, nos hicieron recordar el día que se ganó la vida sobre la arena. Fue una mañana primaveral, en la que poco a poco y mediante el empleo de la voz, los bueyes y el buen hacer de Antonio y su hijo Darío, los animales fueron conducidos hasta los corrales.

Tocaba encerrar a las vacas para seleccionar 5 hembras que se enfrentarían más tarde al matador David Garzón. La selección en esta casa ganadera se basa en dos aspectos fundamentales. Por un lado, el fenotipo, buscando aquellos animales de aspecto más antiguo que han caracterizado a esta divisa desde sus inicios. Centrándose en conseguir pelos principalmente colorados y castaños, siendo característicos de la divisa aquellas reses que presentan caras oscuras o carinegras y que en la casa se conocen como “caretas”. Por otro lado, en cuanto al comportamiento, los dos caracteres principales que se buscan son: la movilidad y la nobleza, dando especial importancia a aquellas vacas que sepan trabajar, dosificando su bravura.

Sin saberlo, las pupilas de Hrdos. De Anastasio Antón salieron del Prao de La Muerta con la licenciatura bajo el anca, poniendo rumbo a Vallombriz, la segunda finca de la familia Antón, donde crían sus animales de raza berrenda en colorado. En aquel paraíso entre olivos y al resguardo del Cabezo de la Mesa, Antonio levantó en su día una añeja plaza de tientas. 



La primera vaca de la mañana fue la excepción que confirmó la regla. Cárdena de pelo y cómoda de pitones, “Belguita” fue la vaca ideal para bordar el toreo. 

La segunda en saltar al ruedo respondía al nombre de “Canaria”, humilló sorprendentemente de salida en el capote y en la muleta tuvo un muy buen pitón derecho por el que embistió haciendo el avión. “Canaria”, una vaca que pidió las cosas por abajo y con la que había que tener los cinco sentidos a flor de piel, para poder hacer frente a su exigencia y complicaciones.



La tercera fue una de esas vacas que me enamoran. La puerta de chiqueros se abrió y por ella apareció “Picacha” que fue un auténtico tren de casta y codicia, con el peligro que esas palabras conllevan. Aprendió en un abrir y cerrar de ojos en el capote y en la tercera tanda se metió por dentro, buscando con fiereza a su adversario. Después de esto, “Picacha” se vino arriba y dificultó sobremanera la labor de su adversario. Pronta y con codicia se arrancaba en busca de pelea, revolviéndose en un palmo de terreno, buscando aquello que se dejaba tras las telas. Una auténtica locomotora llena de codicia que con cada zancada se crecía. A pesar de que la puerta de chiqueros estaba abierta, “Picacha” se plantó, dándole la espalda a los corrales y levantando la cara buscando a los que estaban en los burladeros.





Con mejores ojos vio el matador la cuarta de la mañana y se alegró de que compartiese los tonos cárdenos de la primera, confiando en que también tuviese el comportamiento noble de su hermana, aunque fue un espejismo. “Rabiosa” era su nombre y terminó complicandose en la muleta.

La última de la mañana fue “Comedianta”, una pequeña víbora de triangular cabeza. En el capote le ofreció y ganó una dura batalla al diestro, mostrando como sería la colorada en la muleta. “Comedianta” fue sin duda la mejor de toda la mañana. Con codicia se abalanzaba a por el capote, revolviéndose en busca de pelea, repitiendo una y otra vez, humillando y apretando contra las tablas. En la muleta fue brava como ella sola, encastada y codiciosa. Dejando de humillar únicamente para mirar a su oponente y fijar su objetivo. Una vaca brava de cabo a rabo, con la que no se podía bajar la guardia ni el mando, prueba de ello fueron los sustos que sufrió el diestro.















Un profundo bramido nos devolvió a la realidad donde las más jóvenes de la casa se preparaban para batirse en duelo. "Parrillera" se había plantado en los medios y proclamaba incansable la tierra que se extendía. 

           



"Sueca" fue quien aceptó aquel llamamiento. De negro pelo comenzó a escarbar, mientras sus pitones buscaban en el aire otros con los que medirse. 

 

Las bajas temperaturas de la mañana, no mermaban ni el temperamento ni las ganas de batallar de una joven “Ranchera”-20, que se preparaba también para tomar parte en aquella pelea. Era el prototipo de vaca que cría la familia Antón, veleta, colorada y carinegra. 






Caminó con paso firme una figura de gran envergadura, hasta alzarse desafiante en medio del cercado. Respondía al nombre de "Reina", una vieja gloria del asfalto. De pelo negro como el carbón, gran caja, lucía con orgullo su pitón mogón, una de sus muchas cicatrices que había logrado tras tantos años de disputas en el campo y embestidas contra el vallado. Sobre su lomo descansaban 17 primaveras que no habían apaciguado ni su carácter ni sus ganas de pelea. Con los bramidos secos de fondo, removía violentamente la tierra que caía sobre el 224 marcado en sus costillares. Apuntaba al cielo, mientras trazaba múltiples derrotes con su solitario pitón, levantaba con soberbia la cabeza sabiendo que no tenía rival. Poco a poco el sonido de la tierra removida opacó y silenció los bramidos.

            

Frente a ella oteaba el horizonte otra gran silueta, de arcaico trapío. Ancha de pecho, más alta de cruz pero de paso igual de firme. Su presencia hacía que el resto agachasen la cabeza a su paso. Los anillos se acumulaban en las mazorcas de sus veletas astas, desgastadas, de sus actuaciones sobre el asfalto y la arena.  Dominaba La Muerta sin necesidad de probar su fuerza. De esquivo pero no temeroso comportamiento, era raro verla prepararse para la pelea. Continuaba caminando sin prisa, hasta llegar frente a su hermana. No la miró, ella no era su objetivo. Comenzó a rascarse con la escasa vegetación bajo la atenta mirada del resto.  



Al levantarse "Pantera" se estiró y apenas nos observó durante algunos segundos. Sin prestarnos atención, volviendo a emprender su marcha sabiendo que no éramos rival para ella. 

"Reina" actuó de la misma manera, levantó la cabeza por última vez, arrogante, comprobó que ninguna había osado plantarles cara. Lentamente volvió a su lugar favorito del cercado, cerca de la balsa. Tras de si dejaban ambas un terreno escarbado, propio de una pelea pero en la que no se había derramado sangre. Con aquella muestra de fuerza silenciosa se acabaron, por lo menos el resto del día, los bramidos y las muestras de poder de las más jóvenes, comprendiendo que de momento, la jerarquía no iba a sufrir cambios. Aceptando así, a regañadientes, que el poder no necesitaba probarse cada instante.

         































Volviendo con "Pantera" y "Reina", ambas eran dos de las veteranas más fuertes de la ganadería, pertenecientes a un pequeño y selecto grupo de vacas cuyas astas se habían curtido en mil batallas, ganándose con creces una vida de descanso en el Prao de la Muerta. 




Las dos primeras en dejarse ver eran dos hermanas, casi idénticas en cuanto a fenotipo pero la noche y el día en cuanto a carácter. Con más de un metro entre pitón y pitón, pastaba imperturbable “Yugoslava”, su bravura en la arena y su nobleza en el campo le habían permitido ser una de las vacas más importantes de la ganadería. Junto a ella "Inglesa", sobre el asfalto había dejado pezuñas desgastadas, buscando hasta su último aliento a sus oponentes. En el campo, a diferencia de su hermana, era una de esas vacas que siempre hay que tener localizada y con la que nunca estarás a salvo. Sus movimientos arrogantes y hostiles delatan sus ideas, siendo su especialidad las persecuciones a campo abierto.

Junto a ellas se encontraba “Esquiladora”-14 curiosamente la única vaca de la casa que en la actualidad luce el pelo chorreado.



De seria mirada, pelo colorado y caribella, destaca por su inagotable bravura “Ranchera”, perdió el cuerno en Cunchillos tras rematar incansablemente contra los barrotes. Llegó el invierno y no acusó la falta de una de sus guadañas. Continuaba plantando cara al resto de sus hermanas y defendiendo su territorio. Con la llegada de la primavera, sus heridas estaban ya curadas y había aprendido a dominar su nueva condición. A pesar de la pérdida, infundía más respeto, sigilosa oteaba a los intrusos entre los canteros. Con el calor del verano llegaron las dudas e incertidumbres sobre si debería de volver a la acción. Ribaforada fue su prueba de fuego, demostrando sobre el asfalto su casta. Con la entrada de septiembre y las dudas más que resueltas llegaron las fiestas de Ablitas, y la reina, aún sin cuerno, continuó llevando su corona. Sobre la arena hizo frente a recortadores, a los cuales, les costó mucho sudor y carreras intentar doblegar a "Ranchera". Finalmente la curra se hizo vencedora y dominó la arena.




“Sevillana” otra veterana que sin duda se ha labrado una reputación estelar. Debido a su edad sus actuaciones son muy pocas a lo largo de la temporada. El año pasado pudimos disfrutar de ella en Buñuel donde dejó uno de los detalles de la tarde, al hacer hilo a uno de los mozos que la recortó llegando hasta el final y buscando a su presa por debajo de las tablas. 

En aquel lote de veteranas vacas, esquivas pero de desafiante mirada, de pelo áspero y cuya piel había sido endurecida por el viento y el sol que vibraba en cada estación. El paso del tiempo había retorcido sus astas, aquellas que en la arena fueron difíciles de conquistar por el hombre y que el paso de los años habían marcado y coronado con anillos que se acumulaban en sus mazorcas. Aquellas vacas sabían del hombre y del frío, por eso administraban la energía con una disciplina casi cruel. Pastaban poco y vigilaban mucho. Pero el paso de los años no había podido borrar su carácter orgulloso, altivo e indómito. Con ese temple forjado a través de las adversidades. En aquel hato de vacas residía algo más profundo que la riqueza genética de la ganadería, se encuentra la esencia del ganadero que las vio nacer, Anastasio Antón. En su carácter pervive la memoria de quien las alimentó y mimó todos los días, de quien las seleccionó de manera exigente. 

Aquel día, después de que el sol se ocultase, las veteranas aguantaron de pie un instante más que el resto, como si escuchasen pasos que ya no sonaban. Sabiendo que el hombre pasa pero que ellas quedan. Hay animales que parecen llevar en sus astas y en su pelo la memoria de la mano que los crió.


"Yo llevaré con las vacas, cerca de 80 años, desde muetico. Desde crío, antes iba con ellas un hermano mío, pero se murió de repente, y después me quedé yo las vacas. En este oficio no se cansa uno de aprender, cuando no te hacen una cosa es otra.

Antes hacíamos Valtierra y muchos pueblos, pero venían las vacas, deshechas. Venían que no podían andar. Y cuando te ponían un tabladico en medio de la plaza se deshacían los pechos. La que brincaba arriba no pasaba nada, pero la que se quedaban abajo y empujaba e iba el otro y ponía el pie, iba la vaca y se pegaba." 

Volví meses más tarde, cuando los pétalos de los almendros cubrieron por completo el suelo. Al alba, los primeros rayos de luz tiñeron todo a su paso de oro y silencio, despertando los corazones dormidos, aflorando el instinto de pelea en las pupilas de la familia Antón. Los destellos dorados delimitaron los alirados pitones e iluminaron los pelos colorados que emergían de las sombras. Cada movimiento era una preparación silenciosa, un ritual innato e instintivo que anunciaba el estallido inminente de la batalla. Los músculos se tensaban bajo la piel y los ojos brillaban con codicia, tornándose blancos. La atmósfera se volvió tensa, quedando impregnada por el olor a polvo. 


Tras el paso del duro invierno, el sol por fin, volvía a prender fuego al Prao de la Muerta. Parecía que todo estaba igual aunque en el aire se respiraba una calma tensa. En el hato de veteranas vacas, la nostalgia se extendía al igual que su sombra. Caminaban lentas, deteniéndose cada pocos metros, mirando hacía atrás como si esperasen al resto de hermanas que nunca las alcanzarían. Faltaban en el cercado aquellas veteranas que sostenían el orden con una sola mirada firme. La hierba volvía a brotar, cubriendo la tierra que antes pisaron, sin poder borrar su paso.

La vida se abría camino en los cercados y avanzaba sin esperar, sin preguntar quien falta. Mientras las veteranas miraban hacía atrás con nostalgia, las más jóvenes, miraban el frente con hambre y codicia. Un nuevo amanecer suponía para las pupilas de la familia Antón una nueva oportunidad de alzarse con la soberanía. 

                 

Las futuras generaciones, sin darse cuenta y con apenas unos meses de vida, estaban a punto de tener su primer contacto con una pieza que, sin saberlo, iba a gobernar sus vidas.  Una jueza implacable, en cuya definición no había cabida para la benevolencia: la jerarquía. Invisible pero igual de certera que los aceros, acechando a cada reo hasta su último aliento. 

       

Observaban sin perder detalle como sus madres, aquellas que habían protegido con colmillos a sus hermanas, habían olvidado cualquier lazo de sangre, aprovechando cualquier cambio para cargar contra el resto de la vacada. Midiéndose entre ellas. Sin clarines ni banderas, que anunciasen el comienzo de esta verdadera lidia. 

Se escuchó un bramido hondo y desafiante, un sonido vibrante en el aire que atravesaba el pecho, que nacía de las entrañas de aquella que no conocía el miedo, proclamando al cielo, una y otra vez, su linaje. Era un sonido familiar. El tiempo no se detenía para nadie pero para algunas vacas las cosas seguían igual que siempre. Aquella de los ojos blancos no era otra que "Parrillera" cuyas ansias de dominio solo habían ido en aumento.

          

A pocos metros, en los canteros, bajo un sol de justicia el pelo negro absorbía la luz como si la devorase. Su pezuña golpeaba la tierra, arrancando terrones que se deshacían en el aire. El polvo se pegaba al pelo como una segunda sombra. Las partículas se deslizaban por su testuz, quedándose algunas acumuladas en la línea de su espina dorsal, formando un rastro áspero que el sol enciende como brasas apagadas.


Y de repente todo se detuvo. El olor a tierra se desvaneció y los mugidos se detuvieron. A los pocos segundos se escuchó un golpe seco que retumbó por toda la finca. Una vaca de pelo colorado arremetió contra su rival, hundiendo sus pezuñas en la tierra. Ninguna de las dos estaba dispuesta a rehuir la pelea, ni a perder el sitio, produciéndose un segundo choque. El sonido hueco del pitón al topar con la testuz de su rival se hizo eco, inundando todo a su paso. Un golpe certero que le sirvió a la colorada para alzarse victoriosa. Se trataba de "Fabiola"-27, una auténtica talibana. 


Resoplaba con fuerza mientras alzaba arrogante su cabeza, buscando con esa mirada certera su próxima rival, no tardó mucho en encontrarla y sin pensárselo dos veces, se lanzó a por ella. Los músculos se tensaron y con las ancas traseras se empleó, al igual que si empujase al peto. La colorada se alzaba así con su segunda victoria.

El poder  estaba disputado entre las más fuertes. Dos de las candidatas a alzarse con la soberanía eran las dos hermanas, bautizadas ambas con el nombre de “Parillera”, una herrada a fuego con el 54, y la otra con el 133. Esta última, destacaba no solo por su gran envergadura y corpulencia sino también por su arrogancia en el campo. 

“Andina”-6 era otra gran vaca que no pasaba desapercibida. En la arena destacaba por su codicia y bravura, y cuyo poder también se notaba dentro del cercado.

Junto a ella se estiraba “Gaditana” herrada a fuego con el número 13, una de esas vacas difíciles de olvidar. Sus ojos guiados por las malas intenciones que germinaban en su cabeza, intimidaban a cualquiera que se plantase delante.


El canto de las golondrinas se mezclaba con el sonido de las astas al chocar, una y otra vez. Se escuchaba como las pezuñas arañaban la tierra endurecida, las piedras saltaban, el golpe seco de los pitones en los músculos, mientras de fondo se escuchaba el canto de las cigarras como si estuviesen narrando lo sucedido. El resuello de las vacas, un sonido casi cavernoso, opacaba todo a su paso. Escuchándose el aire entrar y salir con furia, como si ardiesen sus entrañas. A veces un bramido rompía el ritmo. Las golondrinas continuaban con su canto, volando bajo y atravesando el polvo que las pezuñas arrebataban a la tierra. 


























La número 109 de nombre "Asturiana" era una vaca que se había crecido durante el invierno. Al final de la temporada pasada, en el pueblo de Cunchillos hizo presa después de saltar unas alpacas de paja. Desde entonces en el campo su carácter cambió radicalmente, pasando de ser una vaca noble que le costaba dar la cara, a ser una vaca de la que siempre hay que estar pendiente.




















Aquella tarde las puertas de los corrales se abrieron, asomándose rápidamente unos afilados puñales que cortaban el viento y reclamaban la tierra que pisaban. En aquel momento la jerarquía se acababa de definir, "Cacereño" volvía a ser dueño y señor de la Muerta. 



             

Bajo su pelo colorado quedaban talladas cicatrices cerradas que no celebraban nada, eran el precio a pagar por haber sobrevivido. El invierno había sido duro para todos y en este caso a "Cacereño" le tocó probar la derrota. Los becerros que un día caminaron detrás de su sombra, crecieron, ensancharon el pecho y afilaron su instinto. Donde antes hubo miradas inocentes que lo admiraron y respetaron ahora solo quedaban ojos que lo veían como el rival más fuerte. En la oscuridad de la noche fue "Holanda" quien comenzó con aquel violento motín que a punto estuvo de costarle la vida a "Cacerño". 

         

Junto a "Holanda", sus 6 hermanos fueron los que cargaron sin piedad contra el que un día vieron como su padre. A la mañana siguiente el aire frío aún guardaba restos de aquella noche y cuando la fuerza flaquea, se convierte en una sentencia. En este campo de batalla constante, nadie consuela al derrotado, quien solo tiene dos opciones: levantarse o desaparecer. La muerte rondó durante varios días el cercado pero "Cacereño" demostró porque era el más fuerte. Le tocó tragar y pasar semanas difíciles. Pero poco a poco volvió convertirse en el dueño del cercado. Su mirada volvió a ser firme y sus pitones dejaron de apuntar al barro para desafiar al cielo. 







El sol se hundía lentamente en el horizonte, mientras devoraba todo a su paso, tiñendo aquel paraje de rojo. El polvo se levantaba y se mezclaba con el aliento pesado de los animales. Con los últimos rayos, los pelos colorados brillaban como brasas encendidas y sus sombras alargadas conquistaban la tierra hostil que las vio nacer, reclamando cada palmo. 

Antes que ellas, otras caminaron bajo el mismo sol, hubo atardeceres donde fueron otros los lomos que sostuvieron la llama cuando el viento soplaba en contra, templando y afilando el carácter, dejando sobre el terreno algo más que huellas, un rastro invisible que permanece en la sangre de las que vienen detrás. El fuego de la tierra continúa ardiendo. Ahora son otros pelos más jóvenes, los que las portan. Otras miradas, la misma sangre. Manteniendo ese instinto innato de no bajar la cabeza. Mientras haya sangre que recuerde de dónde viene, el fuego que nació en esta tierra seguirá ardiendo en silencio, sin abandonar la Muerta.




Para terminar agradecer a la familia Antón por su amabilidad, paciencia y por abrirme siempre las puertas de su casa. Este es el legado de Don Anastasio Antón Bazo, apasionado del campo, un enamorado de su ganado y de la Casta Navarra. Legado que sigue vivo gracias a la ardua labor de su hijo Antonio y sus nietos Silvia y Darío.


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